Indice del libro

 

José Díaz Ramos

Tres años de lucha

 


Edición impresa: José Díaz, Tres años de lucha, Editions de la Librairie du Globe, París 1970.
Versión digital: Koba, para http://bolchetvo.blogspot.com.
Transcripción/HTML para el MIA: Juan R. Fajardo, nov. 2009.
Formato alternativo: PDF por cortesía de http://bolchetvo.blogspot.com.


 

 

Nuestro camino

Artículos publicados en “Mundo Obrero” en los días 6 y siguientes de junio de 1936.

 

 

I. 

El fascismo, derrotado, pero no destruido.

El enemigo ha sufrido una derrota, pero aún conserva sus fuerzas. No está destruido y se prepara con furia para el ataque. Está al acecho. Por esto, nuestro deber, el deber de todas las organizaciones proletarias y de todo revolucionario, consiste en enfocar serenamente la situación, teniendo en cuenta la verdadera correlación de las fuerzas de clase, para trazar el rumbo de nuestra política y señalar las tareas actuales. Ante todo, hay que comprender y ver claro a qué causas ha obedecido y obedece todavía la influencia del fascismo en España.

¿Dónde reside la fuerza del fascismo en nuestro país? Reside en los factores siguientes:

1° En que los treinta meses de política republicana, bajo los gobiernos de coalición posteriores al 14 de abril de 1931, no dieron satisfacción a las exigencias fundamentales de los trabajadores, especialmente de los campesinos, y dejaron intacta la base material de la reacción, de los terratenientes, de la Iglesia, de los magnates del capital financiero, etc. Esto engendró el descontento y la desilusión entre las masas del pueblo y permitió a los demagogos reaccionarios y fascistas, especulando con este descontento, extender su influencia entre las masas.

2° En que los fascistas han sabido y han podido apoyarse en las cooperativas católicas y sindicatos agrícolas de crédito, convirtiendo estas instituciones en sostén de su influencia directa sobre los campesinos, en diferentes provincias de España.

3° En que los fascistas respaldados por la formidable influencia económica y política de la Iglesia, tienen en ésta, en las órdenes religiosas, y sobre todo en los jesuitas, una gran fuerza de organización y recursos ilimitados para abusar de los sentimientos religiosos de las masas del pueblo; especialmente de la mujer, con el fin de utilizar a estas masas contra la República.

4° En el hecho de que los fascistas cuentan con la ayuda financiera constante y abundante de los bancos, de los terratenientes y de los grandes capitalistas.

5° En el hecho de que los fascistas se aprovecharon de su permanencia en el poder después de octubre para fortalecer sus posiciones dentro del aparato del Estado, principalmente en el Ejército y la Magistratura, la Policía, etc.

6° En el hecho, en fin, de que el proletariado, iniciador, campeón y dirigente del movimiento popular antifascista, no está aún sólidamente unido.

Es aquí donde residen las principales causas del desarrollo del fascismo, las causas que mantienen su influencia.

Por eso, la tarea fundamental y urgente que ahora tienen ante sí las organizaciones obreras, las únicas capaces de conducir a las masas populares en la lucha decisiva contra el fascismo e infligir a éste una derrota definitiva, consiste en minar a fondo y totalmente la base de masas del fascismo y aislarle del pueblo. Para ello, no hay más que un camino; seguir una política resuelta, encaminada a satisfacer las necesidades de las masas populares. He aquí la formidable enseñanza positiva de la gran revolución rusa, corroborada por la triste experiencia negativa de Italia, Alemania, Austria y de la primera etapa de la República de España. La tarea del momento consiste lógicamente en batir al fascismo en su fortaleza fundamental, en la fuente misma de su influencia y de su fuerza.

 

II. 

Satisfacer las necesidades del pueblo.

Las masas del pueblo, independientemente de por quién hayan votado el 16 de febrero, por los comunistas o los socialistas, por los republicanos de izquierda o de derecha, por Acción Popular o por los monárquicos; estas masas se encuentran en una penosa situación; sus condiciones de vida son insoportables. Esta es la realidad. Llevada por su ignorancia y por su atraso, una parte de los trabajadores vota por los reaccionarios, dejándose seducir por sus promesas demagógicas. Pero las masas del pueblo, los obreros, los campesinos y las capas medias de la población serán, en su aplastante mayoría, el dique del régimen republicano-democrático, si este régimen tiene la decisión necesaria para llevar a cabo una política suficientemente firme, encaminada a implantar en el más breve plazo de tiempo las medidas que conduzcan al mejoramiento económico y de libertad que el pueblo necesita.

Los caudillos y la prensa de los partidos reaccionarios y fascistas, de los terratenientes y de los magnates del capital financiero no apean de los labios la cínica frase de la “España grande”. Pero, al mismo tiempo, estos señores terratenientes y financieros y sus agentes entregan a millares de obreros y campesinos a las garras del terror y del hambre; los condenan a un estado de superstición y embrutecimiento. No es manteniendo a las masas del pueblo en el sufrimiento y en la opresión, reduciéndolas a una situación de esclavos, como se hacen grandes los países; la República, si realmente quiere hacer del pueblo español un pueblo grande y libre, tiene que elevar su situación material y cultural. Este es el problema, y así se debe plantear por todo revolucionario, cualquiera que sea el partido o la organización en que milite. Por esto, el deber histórico más importante de las organizaciones proletarias, en el momento actual, consiste en hacer que se lleve a cabo resuelta y consecuentemente, sobre la base de la unidad de acción y de la cohesión del proletariado y de las masas populares, una política de satisfacción de las necesidades de los trabajadores, la sola política que puede hacer una sólida y auténtica república democrática.

¿Qué hay que hacer para esto?

Apuntaré aquí los dos problemas más urgentes, en los momentos actuales: campo y paro obrero.

Los campesinos están necesitados de tierra, de instrumentos de labor y de medios financieros. La tierra debe ser arrancada sin indemnización de manos de los terratenientes y de la nobleza y entregada en disfrute gratuito a quienes la trabajan. Esto no es una medida socialista; es un acto de justicia, de buen sentido y hasta de instinto de conservación, que cualquier régimen auténticamente democrático está obligado a realizar. Hay que nacionalizar totalmente el crédito agrícola, para arrancar a los campesinos que trabajan de las garras de los terratenientes, de los usureros, de los caciques, de los reaccionarios. Hay que implantar la rebaja de los impuestos y contribuciones que pagan los campesinos y mitigar inmediatamente el paro forzoso en el campo; elevar los jornales de los obreros agrícolas y establecer jornales mínimos para cada categoría; impulsar la legislación social en el campo, comenzando por restablecer las leyes beneficiosas para los campesinos abolidas por la contrarrevolución, y llevar a cabo toda otra serie de medidas que respondan a los intereses y a las necesidades de las masas campesinas.

Una de las fuentes de ayuda posible a los campesinos pobres y a los parados hambrientos, no solamente en el campo, sino también en la ciudad, son las formidables riquezas de la Iglesia y de las órdenes religiosas; en primer lugar la de los jesuitas. Ningún trabajador, aunque tenga convicciones católicas, puede resignarse a verse alimentado solamente con sentimientos religiosos y contemplar cómo la Iglesia y las órdenes religiosas disponen de fabulosas riquezas, mientras hay millares de obreros y campesinos que padecen hambre y miseria. Respetando los sentimientos religiosos de las masas populares, y en particular de los campesinos, las organizaciones proletarias y fuerzas democráticas, en general, y el Gobierno tienen que conseguir movilizar los recursos de la Iglesia para crear con ellos un fondo de ayuda a los campesinos necesitados y a los obreros parados de la ciudad y del campo. Ante la realidad de las necesidades clamorosas del pueblo, la Iglesia tiene el deber de renunciar a sus riquezas en provecho de los menesterosos y oprimidos.

 

III. 

Salir al paso de la contrarrevolución.

La necesidad de consolidar la victoria del 16 de febrero y de afianzar el régimen democrático ordena imperiosamente que se dé satisfacción a las reivindicaciones nacionales de Cataluya, Euskadi y Galicia. No puede haber una democracia ni una República sólidas, no puede haber una sólida alianza entre los pueblos de España, si la desigualdad nacional subsiste.

Sólo acabando con esta desigualdad y reconociendo el derecho de todas las minorías nacionales a determinar libremente sus destinos, así como el derecho de Marruecos a librarse del yugo colonial, se creará una base de confianza mutua y una firme solidaridad entre estos pueblos y los del resto de España.

Al mismo tiempo, para consolidar la victoria, es urgentemente necesario tomar medidas decisivas encaminadas a prevenir y romper los manejos de la contrarrevolución.

La táctica fundamental del enemigo, en estos momentos, consiste en no permitir al Bloque Popular realizar su programa, en poner todos los obstáculos posibles al nuevo Parlamento, en sembrar el desorden y el caos en el país, en desarticular la vida económica de España, en dar un golpe contrarrevolucionario, cuando crea llegado el momento propicio. Todos los grupos reaccionarios y fascistas, Calvo Sotelo, Goicoechea, Gil Robles y Primo de Rivera trabajan a una organizando la guerra civil, con la “sana” intención de hacer fracasar al Gobierno republicano de izquierdas en la ejecución del programa del Bloque Popular y desacreditar a éste a los ojos de las masas. Por esto, es necesario llevar a cabo sin pérdida de momento una limpieza enérgica y a fondo en el aparato del Estado, dentro del cual tienen los enemigos de la República y del pueblo importantes ramificaciones. Hay que depurar el Ejército, la Policía, Guardia civil y de Asalto y los Tribunales de Justicia, para alejar a todos los oficiales y elementos reaccionario-fascistas y monárquicos que desempeñan puestos de mando.

Los círculos reaccionario-fascistas de los terratenientes, banqueros y grandes financieros organizan la huida de capitales al extranjero con el canallesco propósito de agravar la situación económica del país y conseguir, mediante la ayuda de financieros y bolsistas extranjeros, la baja de la peseta, desencadenar de este modo un pánico financiero dentro de España y desacreditar al Bloque Popular. Contra estos planes y maquinaciones criminales -que son delitos de lesa traición contra el pueblo- y contra sus inspiradores, la República, el Gobierno debe tomar medidas de defensa, procediendo con todo rigor contra los traidores y conspiradores, llegando hasta la confiscación de sus bienes, para engrosar el fondo de ayuda al paro.

Hay que dar también satisfacción a las legítimas aspiraciones de la juventud trabajadora, a la nueva generación, y liberar a importantes sectores de la juventud de la nefasta influencia de los partidos reaccionarios y fascistas, de la influencia de los jesuitas. Para ello, debe lograrse por todos los medios el mejoramiento de la situación material y la elevación del nivel cultural y profesional de la juventud (salario mínimo para los jóvenes de la industria, del comercio y del campo, enseñanza primaria y secundaria gratuitas, campos de deportes, etc.).

De todo esto se desprende que los partidos proletarios y fuerzas democráticas deben actuar del modo más resuelto, dentro y fuera del Parlamento, en defensa de las reivindicaciones económicas y políticas de la clase obrera y de las masas populares, aumentando y mejorando el seguro social contra el paro forzoso, enfermedad, vejez, etc.

Hay que asegurar los derechos de las masas trabajadoras y la libertad de sus organizaciones y actividades: libertad de palabra, de prensa, de huelga y de reunión. Hay que trabajar por la cultura y el deporte obrero popular y conseguir todo cuanto pueda contribuir al reforzamiento político y orgánico de la clase obrera, y ponerla en condiciones de cumplir su misión histórica en la lucha por el socialismo.

 

IV. 

Organizar las masas.

Todas las medidas prácticas enumeradas en los artículos anteriores no hacen más que concretar los puntos fundamentales del Pacto del Bloque Popular y situarse ante las nuevas condiciones creadas por los elementos reaccionarios enemigos del régimen, a las que se debe hacer frente con medidas prácticas sin dilaciones ni enredos burocráticos-jurídicos, en bien de las conquistas democráticas del pueblo trabajador y de la República.

El nuevo Gobierno, si ha de contar con la voluntad del pueblo, debe asumir la responsabilidad de guiarse por este programa. Y todas las organizaciones proletarias deben apoyar, contra los manejos de la reacción, contra los intentos de un golpe contrarrevolucionario, al gobierno que lleve a la práctica, con mano firme y audaz, las reivindicaciones del Bloque Popular.

Sería, naturalmente, una candidez considerar que la mayoría parlamentaria del Bloque Popular y el Gobierno, abandonados a sí mismos, podrían realizar este programa exclusivamente con sus fuerzas y sus medios, sin la cooperación y el apoyo directo del pueblo. Precisamente para poder prestar una ayuda efectiva a la realización del Pacto del Bloque Popular, las organizaciones proletarias deben movilizar a las grandes masas fuera del Parlamento en la lucha por conseguir sus reivindicaciones, en la lucha para hacer frente a los nuevos intentos de ofensiva de los fascistas.

Por esto, la primera condición para afianzar las posiciones de la República democrática contra las fuerzas reaccionarias que la amenazan, para la vitalidad de las nuevas Cortes y para la efectividad del programa del Bloque Popular, es la lucha extraparlamentaria, la acción y la vigilancia extraparlamentarias de las masas populares.

Otra de las condiciones necesarias para consolidar el triunfo logrado y aplastar definitivamente al fascismo consiste en la organización de las mismas masas. Las masas deben actuar y manifestar su iniciativa organizadamente.

Esto hace pasar a primer plano la tarea de crear en todas partes, sin pérdida de tiempo, las Alianzas Obreras y Campesinas. Estas Alianzas no deben ser Comités cerrados de representantes de diversas organizaciones, sino amplios órganos electivos de las mismas masas, que abarquen a los obreros y campesinos, organizados y no organizados, de todas las tendencias; los órganos que aseguren la más amplia cohesión democrática del pueblo trabajador para la lucha contra el fascismo y para la conquista y defensa de las reivindicaciones generales de todos los trabajadores.

Movilización de las masas, amplio desarrollo de las Alianzas Obreras y Campesinas y creación de una copiosa red de Bloques Populares en todo el país: he aquí las garantías que asegurarán la realización del programa del Bloque Popular.

Para llevar adelante con éxito todas estas tareas, es necesario que dentro de las filas del proletariado exista la máxima cohesión. Esto exige la realización de la unidad completa del movimiento sindical, creando una sola central sindical sobre la base de la lucha de clases y dentro de las más amplia democracia sindical. Norma fundamental ha de ser, forzosamente, permitir que los miembros de los sindicatos puedan, independientemente de pertenecer a éstos, ser afiliados a los partidos políticos; a los que no sean, naturalmente, enemigos de las aspiraciones de las masas.

Todo trabajador puede formarse una idea de la fuerza arrolladora que significaría la unión de la UGT y la CNT en una gran central sindical donde pudieran convivir todos los obreros que quieren mejorar sus condiciones de vida. Tengo la seguridad de que las masas de la CNT no sólo no están en contra de esta unidad, sino que la desean también en lo más profundo de su ser. Pero, para que este deseo se transforme en una realidad viva, hace falta que, de igual forma que los obreros de la Confederación se movilizaron por el triunfo del 16 de febrero, saltando por encima de viejos principios sectarios y de abstencionismos absurdos, esas masas confedérales, que en las barricadas de Asturias combatieron bajo la bandera de las Alianzas, pongan manos a la obra para la realización de la unidad con comunistas y socialistas; con todos los trabajadores, que, pese a sus diferencias ideológicas, no tienen intereses distintos los unos de los otros.

Y esta unidad se realiza, no poniendo condiciones previas que entorpezcan su organización, sino, por el contrario, discutiendo en cada fábrica, en cada sindicato, en cada localidad entre los obreros de las diferentes tendencias, y tomando como base las necesidades de los obreros para preparar soluciones que beneficien a nuestra clase y no debiliten la alianza de los obreros con las fuerzas democráticas; es decir, concentrando nuestros golpes contra la reacción y el fascismo, los enemigos más peligrosos del pueblo trabajador.

Un paso importante en esta lucha por la unidad es el que las Juventudes Comunistas y Socialistas han dado ya y que será el eje para que las masas de la nueva generación se agrupen en torno al proletariado, ganando al enemigo la gran victoria que supone el arrancar a los jóvenes de su influencia.

Esta unidad contribuye, sin duda, a la unificación del resto de las fuerzas obreras, y especialmente a la unidad política en un solo partido de clase que sirva de dirigente a las grandes masas.

 

V. 

El partido único del proletariado.

Condición esencialísima para poder triunfar sobre el fascismo, para el triunfo decisivo del pueblo sobre la reacción, sobre los grandes terratenientes y el gran capital, es el logro de la unidad política de la clase obrera, la creación del Partido único del proletariado. Aunque mantenida solamente por socialistas y comunistas, los elementos sinceramente revolucionarios del anarcosindicalismo no pueden por menos de ver con simpatía esta medida que será un gran avance en el camino del triunfo de las masas del pueblo.

Las heroicas luchas conjuntas de octubre y la unidad de acción cada día más estrecha, cimentada sobre ellas, han ido preparando el camino a la unidad política. La unificación sindical y la de las Juventudes son también jalones importantísimos en este camino.

Los acuerdos del VII Congreso de la Internacional Comunista y la táctica acertada de nuestro partido para su aplicación nos han acercado considerablemente a este objetivo. También facilitan el camino hacia la unidad los esfuerzos de la mayoría del Partido Socialista por situarse en un punto de vista revolucionario de clase, abandonando las posiciones de colaboración de clase, que en todos los países arrastraron al movimiento obrero a la escisión. Es indudable que, para llegar a la compenetración ideológica indispensable para la unidad política, comunistas y socialistas han de discutir fraternalmente sobre todos los problemas que surjan en la vida diaria de las masas y actuar en común para resolverlos.

El Partido único que nosotros queremos y que la revolución necesita exige una claridad completa en cuanto a los principios que han de informarle y una unidad absoluta de ideas respecto a los problemas fundamentales de programa y de táctica. Estos problemas fundamentales son los que se condensan en los cinco puntos de la unificación destacados por nuestro gran Dimitrov en el VII Congreso de la IC y que son conocidos de todos.

Esclareciendo cordialmente nuestra posición ante los puntos fundamentales de la revolución española, carácter de ésta, su etapa actual, su trayectoria y sus perspectivas, fijando con claridad nuestro modo de concebir las tareas del proletariado en las diversas etapas, es como podremos llegar a traducir en una unidad ideológica, base para la unidad política, la gran compenetración de lucha que hoy existe entre las masas comunistas y socialistas.

Claridad plena, especialmente en lo que se refiere a los problemas cardinales de la actual etapa de la revolución española. Hay que luchar contra las tendencias que rebajan o menosprecian el papel de los campesinos en nuestra revolución. Un potente movimiento revolucionario de los campesinos, bajo la dirección del proletariado, de sus organizaciones, de su Partido único, es el camino que puede asegurar a la revolución democrática las más amplias proporciones, llevándola a su remate decisivo.

Para acelerar y facilitar la unidad política de la clase obrera, hay que llevar a cabo una lucha tenaz contra la secta degenerada del trotskismo, cuya misión fundamental es desorganizar el movimiento obrero, laborando sistemáticamente por entorpecer y sabotear la unidad de la clase obrera, desarmar al proletariado ante el fascismo y arrastrarlo al campo de la cruzada contra la URSS, contra el socialismo triunfante, contra la fortaleza de la revolución mundial.

La unidad del proletariado revolucionario en un único partido marxista-leninista traería como consecuencia el fortalecimiento del Bloque Popular, ya que este partido cumpliría forzosamente su misión de organizador y dirigente de la revolución democrática, aislando a los grandes capitalistas y terratenientes y poniendo a todas las capas del pueblo al lado del proletariado y de su partido. Este partido habría de ser, indudablemente, el campeón en la lucha por llevar la revolución popular a su triunfo decisivo, sentando con ello las premisas para proseguir la marcha victoriosa de los obreros y campesinos hacia su meta. La experiencia vivida por el Partido Bolchevique de la URSS que es la experiencia que alumbra el campo de la revolución mundial, unida a la experiencia de la revolución española, hace que abracemos la táctica de la Internacional Comunista, táctica incompatible con la política de colaboración de clase con la burguesía, e incompatible también con la política de abstencionismo de los anarquistas, que conduce a la pasividad política y al aislamiento sectario, alejando a los partidos proletarios y a todas las organizaciones obreras de la lucha por la dirección de las masas populares.

Tales son las condiciones indispensables para que pueda crearse el Partido único del proletariado y para que, una vez creado, pueda cumplir su papel de vanguardia del proletariado y del movimiento revolucionario. Los que estén en contra de ellas, en contra de la unidad, en contra de la dictadura del proletariado y en contra de los principios básicos del marxismo-leninismo, es indudable que no tienen nada que hacer en este partido.

La concepción sectaria, antimarxista de que son las fuerzas del partido y no la clase obrera, los campesinos y las masas del pueblo, bajo la dirección del partido del proletariado, las encargadas de librar las luchas decisivas por el Poder, deben ser rechazadas de plano, así como también las ideas de quienes no consideran necesarios para las luchas decisivas los órganos de masas, elegidos por las masas mismas.

La asimilación crítica de la experiencia de todo el pasado revolucionario y de todo el movimiento obrero, y especialmente de las enseñanzas de los combates de Octubre del 34, ha de servirnos para forjar nuestro gran Partido Bolchevique, que será el ariete de acero en las luchas de nuestras heroicas masas populares.

He aquí el camino por el que marcha el Partido Comunista de España. Los éxitos conseguidos hasta hoy por este camino son prenda de que por él avanzamos hacia la victoria completa, hacia la liberación definitiva del pueblo español.