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Federico Engels
REVOLUCIÓN Y CONTRAREVOLUCIÓN EN ALEMANIA



XIII

LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE PRUSIANA

LA ASAMBLEA NACIONAL


Viena cayó el 1 de noviembre, y el 9 del mismo mes, la disolución de la Asamblea Constituyente en Berlín mostró cuanto había levantado de golpe este acontecimiento la moral del partido contrarrevolucionario y le había dado fuerza en toda Alemania.

Los sucesos del verano de 1848 en Prusia se cuentan en muy poco tiempo. La Asamblea Constituyente, o mejor dicho, «la Asamblea elegido con el fin de llegar a un acuerdo con la Corona sobre la Constitución», y su mayoría compuesta de representantes de los intereses de las clases medias, hacía mucho tiempo que habían perdido la estima del público, ya que, por miedo a los elementos más enérgicos de la población, se complicaba en todas las intrigas de la Corte. Confirmó o, mejor dicho, restableció los odiosos privilegios del feudalismo, traicionando así la libertad y los intereses de los campesinos. No fue capaz de redactar una Constitución ni de enmendar en modo alguno la legislación general. Se ocupó casi exclusivamente de dar bonitas definiciones teóricas, de meras formalidades y problemas de etiqueta constitucional. La Asamblea era, en efecto, más bien una escuela de savoir vivre [*] parlamentario para sus miembros que una institución de algún interés para el pueblo. Además, en la Asamblea no había ninguna mayoría estable y casi siempre decidían los problemas las vacilaciones del «centro» que, inclinándose con sus titubeos tan pronto a la derecha como a la izquierda dio al traste primero con el Gabinete de Camphausen y luego con el de Auerswald y Hansemann. Pero mientras los liberales, aquí lo mismo que en todos los demás sitios, dejaron perder la ocasión, la Corte reorganizó a sus elementos de fuerza entre la nobleza y la parte más atrasada de la población rural, así como entre el ejército y la burocracia. Después de la caída de Hansemann se formó un gobierno de burócratas y militares, todos reaccionarios recalcitrantes, que, sin embargo, daba a entender que estaba dispuesto a tomar en consideración las reivindicaciones del Parlamento. Y la Asamblea, que se atenía al cómodo principio de que importaban las «medidas, y no los hombres», toleró que la engañasen tan llanamente que llegó a aplaudir a este Gabinete, en tanto que ella, naturalmente, no dedicaba la menor atención a que este mismo Gabinete iba concentrando y organizando abiertamente las fuerzas contrarrevolucionarias. Por último, cuando la caída de Viena dio la señal, el Rey [**] entregó la dimisión a sus ministros y los sustituyó con «hombres de acción» dirigidos por el actual primer ministro, senor Manteuffel. Entonces la dormida Asamblea sintió de pronto el peligro; emitió un voto de desconfianza al gobierno, el cual respondió al punto con un decreto que mandaba desplazar la Asamblea de Berlín, donde podía, en caso de conflicto, contar con el apoyo de las masas, a Brandenburgo, pequeña ciudad provincial dependiente enteramente del gobierno. La Asamblea, no obstante, declaró que sin su consentimiento no se podía ni aplazar sus sesiones, ni ser trasladada a otro lugar, ni disuelta. Mientras tanto, el general Wrangel entró en Berlín al frente de unos cuarenta mil soldados. Una reunión de los síndicos municipales y de los oficiales de la Guardia Nacional acordó no ofrecer ninguna resistencia. Y luego que la Asamblea y la burguesía liberal, que la apoyaba, dejaron al partido reaccionario unido que ocupara todas las posiciones importantes y les quitara de las manos casi todos los medios de defensa, comenzó la gran comedia de «resistencia pasiva y legal» que, a juicio de ellos, debía ser una gloriosa imitación del ejemplo de Hampden y de los primeros esfuerzos de los norteamericanos en la guerra de la Independencia [48]. En Berlín se declaró el estado de sitio y se mantuvo la calma; la Guardia Nacional fue disuelta por el gobierno, y entregó las armas con la mayor puntualidad. La Asamblea fue acosada y trasladó sus sesiones de un lugar a otro durante dos semanas, y en todas partes la disolvían los militares; y los diputados de la Asamblea rogaban a los ciudadanos que mantuviesen la tranquilidad. Por último, cuando el gobierno declaró disuelta la Asamblea, ésta adoptó una resolución declarando ilegales las exacciones de los impuestos, y sus miembros fueron por el país para organizar la negativa al pago de los impuestos. Pero vieron que se habían equivocado desastrosamente en la elección de medios. Tras unas semanas de agitación, seguidas de severas medidas del gobierno contra la oposición, todos abandonaron la idea de negarse al pago de los impuestos para complacer a esta difunta Asamblea que no había tenido siquiera la valentía de defenderse.

El que las primeras fechas de noviembre de 1848 fuese ya demasiado tarde para intentar oponer resistencia armada o el que una parte del ejército, al encontrar seria oposición, se hubiese pasado al lado de la Asamblea, decidiendo así el litigio a su favor, es una cuestión que jamás se podrá resolver. Pero en la revolución, lo mismo que en la guerra, es siempre necesario presentar un frente robusto, y el que ataca lleva ventaja. Y en la revolución, lo mismo que en la guerra, es de la mayor necesidad ponerlo todo a una carta en el momento decisivo, cualquiera que sea la oportunidad. No hay una sola revolución triunfante en la historia que no pruebe la verdad de este axioma. Y aquí, el momento decisivo para la revolución prusiana había llegado en noviembre de 1848; la Asamblea, oficialmente a la cabeza de todos los intereses revolucionarios, no mostró ni un frente robusto, ya que retrocedía ante cada avance del enemigo; y aún menos atacó, ya que optó por no defenderse siquiera; y cuando llegó el momento decisivo, cuando Wrangel, al frente de cuarenta mil hombres, llamó a las puertas de Berlín, en vez de encontrar, como lo esperaban él y sus oficiales, todas las  calles obstruidas con barricadas y cada ventana convertida en una aspillera, halló las puertas abiertas de par en par y las calles obstruidas únicamente por los pacíficos berlineses disfrutando de la broma que les habían gastado por entregarse atados de pies y manos a los soldados, perplejos. Bien es verdad que la Asamblea y el pueblo, de haber resistido, pudieron haber sido derrotados; Berlín pudo haber sido bombardeado, y muchos millares pudieron haber perecido sin evitar la victoria definitiva del partido realista. Pero ésa no era la razón por la cual hubieran de entregar las armas en el acto. Una derrota después de un tenaz combate es un hecho de mucha mayor importancia revolucionaria que una victoria ganada fácilmente. Las derrotas de París en junio de 1848 y de Viena en octubre del mismo año revolucionaron efectivamente más las mentes del pueblo de estas dos ciudades que las victorias de febrero y marzo. La Asamblea y el pueblo de Berlín habrían compartido probablemente el destino de las dos antemencionadas ciudades: pero habrían caído con gloria y dejado en pos de sí, en las mentes de los supervivientes, un deseo de venganza que, en tiempos de revolución, es uno de los más altos incentivos para la acción enérgica y apasionada. No cabe la menor duda de que, en toda batalla, el que levanta el guante corre el riesgo de ser derrotado; mas ¿es acaso ésta una razón para que se confiese derrotado y se someta al yugo sin haber desenvainado la espada?

En una revolución, el que manda una posición decisiva y la rinde, en vez de obligar al enemigo a que pruebe sus fuerzas en el asalto, merece siempre el trato de traidor.

El propio decreto del Rey de Prusia para disolver la Asamblea Constituyente proclamaba también una nueva Constitución fundada en el proyecto que había redactado un comité de esta Asamblea, ampliando en algunos puntos los poderes de la Corona y poniendo en tela de juicio, en otros, los del Parlamento. La Constitución estatuía dos cámaras que debían reunirse en breve con el fin de examinarla y aprobarla.

No vale la pena preguntar dónde estaba la Asamblea Nacional Alemana durante la lucha «legal y pacífica» de los constitucionalistas prusianos. Estaba, como de costumbre, en Francfort, dedicada a aprobar resoluciones muy tímidas contra los procedimientos del Gobierno prusiano y admirar el «imponente espectáculo de la resistencia pasiva, legal y unánime de todo un pueblo contra la fuerza bruta». El Gobierno central envió a comisarios a Berlín para interceder entre el Gobierno y la Asamblea; pero corrieron la misma suerte que sus predecesores en Olmütz y fueron puestos cortésmente de patitas en la calle. La izquierda de la Asamblea Naeional, es decir, el denominado Partido Radical, envió también a comisarios; pero luego de convencerse sobradamente de la complata invalidez de la Asamblea de Berlín y confesar su propio desamparo igual, volvieron a Francfort a dar cuenta del éxito obtenido y testimonio de la admirable conducta pacífica de la población de Berlín. Y por si eso fuera poco, cuando el señor Bassermann, uno de los comisarios del Gobierno central, informó que las últimas medidas restrictivas de los ministros prusianos no carecían de fundamento, ya que durante el último tiempo se veían deambular por las calles de Berlín tipos de feroz planta como los que siempre aparecen en la víspera de los movimientos anarquistas (y que desde entonces son denominados siempre «tipos de Bassermann»), estos dignos diputados de la izquierda y enérgicos representantes del interés revolucionario se alzaron de sus escaños en el acto para atestiguar, bajo juramento, ¡que no había ocurrido nada de eso! Así, al cabo de dos meses, la total impotencia de la Asamblea de Francfort fue demostrada con toda evidencia. No se podrían imaginar pruebas más fehacientes de que esta institución no servía en absoluto para cumplir sus funciones; más aún, de que no había tenido ni la idea más remota de cuál era su misión. El hecho de que tanto en Viena como en Berlín se decidiera el destino de la revolución, de que en ambas capitales las cuestiones más importantes y vitales se resolvían como si la Asamblea de Francfort no existiera en absoluto, este solo hecho es suficiente para dilucidar que la institución tratada no era más que un club de discusión compuesto por una sarta de simplones que permitían al gobierno manejarlos como títeres parlamentarios que eran exhibidos para entretener a los tenderos y artesanos de los pequeños Estados y de las minúsculas ciudades en tanto se tenía por conveniente distraer la atención de estos partidos. No tardaremos en ver el tiempo que se creyó conveniente. Pero es un hecho merecedor de atención el que entre todas las «eminencias» de dicha Asamblea no hubiese ninguna que tuviera el menor escrúpulo por el papel que debían representar y que incluso hasta el día de hoy los ex miembros del Club de Francfort conservan los órganos de percepción histórica peculiares de ellos nada más.

Londres, marzo de 1852



[*] Savoir vivre: cortesía, tacto, conocimiento del trato social. (N. de la Edit.)

[**] Federico Guillermo IV. (N. de la Edit.)

[48]   En 1636, John Hampden, luego uno de los dirigentes destacados de la revolución burguesa del siglo XVII en Inglaterra, se negó a pagar el «impuesto naval», no aprobado por la Cámara de los Comunes. El juicio incoado contra él contribuyó a que aumentase la oposición contra el absolutismo en la sociedad inglesa.
    La negativa de los norteamericanos, en 1766, a pagar el impuesto del timbre, introducido por el Gobierno inglés, y la táctica de boicotear las mercancías inglesas a comienzos de los años 70 del siglo XVIII fue el prólogo de la guerra de la independencia de las colonias norteamericanas contra Inglaterra (1775-1783).