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Federico Engels
REVOLUCIÓN Y CONTRAREVOLUCIÓN EN ALEMANIA



XIX

EL FIN DE LA INSURRECCION


Mientras el Sur y el Oeste de Alemania se encontraban abiertamente sublevados, y los gobiernos tardaron más de diez semanas, descle el comienzo de las hostilidades en Dresden hasta la capitulación de Rastatt, en sofocar esta llamarada de la primera revolución alemana, la Asamblea Nacional desapareció de la escena política sin que nadie lo notara.

Dejamos a esta augusta institución en Francfort desconcertada por los insolentes ataques de los gobiernos contra su dignidad, por la impotencia y la traicionera inactividad del poder central que ella misma había creado, por los alzamientos de los pequeños comerciantes y artesanos en defensa de este poder y por las insurrecciones de la clase obrera que perseguían un objetivo final más revolucionario. Entre los miembros de la Asamblea reinaban el abatimiento y la desesperación; los acontecimientos tomaron en seguida un sesgo tan determinado y decisivo que en pocos días se disiparon las ilusiones de estos doctos legisladores respecto a su fuerza e influencia reales. Los conservadores, a una señal dada por los gobiernos, se retiraron de una institución que, desde ese momento, ya no podía existir más que desafiando a las autoridades constituidas. Los liberales, desconcertados en grado sumo, tuvieron por irremediablemente perdida la causa; y también renunciaron a sus funciones representativas. Los honorables señores desertaban por centenares. De ochocientos o novecientos que eran al principio, su número fue disminuyendo con tanta rapidez que pronto se hubo de declarar un quórum de ciento cincuenta, y pocos días después, de cien diputados. Y aun así, era difícil reunir este número mínimo, pese a que el partido democrático quedó íntegro en la Asamblea.

Estaba suficientemente claro lo que debía hacer el resto del Parlamento. Sólo adherirse abierta y resueltamente a la insurrección, dándole con ello toda la fuerza que podía conferirle la legalidad en tanto que adquiría, al mismo tiempo, un ejército para su defensa. Debió exigir del poder central el cese inmediato de todas las hostilidades; y si, como pudo haberse previsto, esta autoridad no pudiera ni quisiera hacerlo, destituirla en el acto y formar un gobierno más enérgico en su lugar. Si las tropas insurrectas no podían ser desplazadas a Francfort (cosa que, al principio, cuando los gobiernos de los Estados se hallaban poco preparados y aún dudaban, pudo haberse hecho con facilidad), entonces la Asamblea pudo haber trasladado sin demora su sede al mismo centro de la región insurrecta. Todo eso, si se hubiera hecho en seguida y con energía, no más tarde de mediados o fines de mayo, podían haberse dado probabilidades de éxito tanto para la insurrección como para la Asamblea Nacional.

Pero no se podían esperar pasos tan decididos de los representantes de los tenderos alemanes. Estos ambiciosos estadistas no se habían librado en absoluto de sus ilusiones. Los diputados que habían perdido su fatal fe en la fuerza e inviolabilidad del Parlamento, habían tomado ya las de Villadiego; los demócratas, que seguían en sus sitios, no se dejaban inducir tan fácilmente a abandonar los sueños de poder y grandeza que habían acariciado durante doce meses. Fieles al rumbo que habían tomado antes, eludían toda acción enérgica hasta que, al fin, desaparecieron todas las oportunidades de éxito e incluso la menor posibilidad de sucumbir, al menos, con honores de guerra. Desplegando una apariencia de actividad, cuya total infructuosidad, unida a sus grandes pretensiones, no podía sino despertar compasión y mover a risa, siguieron tomando resoluciones, enviando mensajes y solicitudes a un Regente imperial que no les hacía el menor caso y a ministros que estaban abiertamente aliados con el enemigo. Y cuando, al fin, Guillermo Wolff, diputado por Striegau[*], uno de los redactores de la "Neue Rheinische Zeitung", el único hombre verdaderamente revolucionario en toda la Asamblea, les dijo que si tomaban en serio sus propias palabras debían poner fin a su propia charlatanería y declarar fuera de la ley al Regente imperial, primer traidor del país, la virtuosa indignación tanto tiempo contenida de estos señores parlamentarios estalló de pronto con tanta violencia como jamás mostraran cuando el gobierno les lanzaba un insulto tras otro. Y así tenía que ser, ya que la propuesta de Wolff fue la primera palabra sensata pronunciada entre las paredes de la catedral de San Pablo[54]; pues él exigía justamente lo que hacia falta hacer, y esa claridad de expresión, en la que todo se llamaba con su nombre, no podía sino ofender a unas almas sentimentales resueltas sólo en su irresolución y demasiado cobardes para actuar que se habían metido en la cabeza de una vez para siempre que, no haciendo nada, hacían exactamente lo que debían hacer. Cada palabra que les aclaraba, como el fogonazo de un relámpago, la fatua nebulosidad intencionada de sus mentes, cada sugerencia capaz de sacarlos del laberinto en que se habían obstinado en meterse ellos mismos y en el que se habían obstinado en seguir el mayor tiempo posible, cada concepción clara de las cosas tales y como eran, sonaba para ellos como un agravio a la majestad de esta Asamblea soberana.

Poco después de que la situación de los honorables señores de Francfort se hizo insostenible, a despecho de las resoluciones, llamamientos, interpelaciones y proclamas, se retiraron, pero no a las regiones sublevadas; eso habría sido un paso demasiado decidido. Se fueron a Stuttgart, donde el gobierno de Württemberg mantenía una especie de neutralidad expectante. Allí, al menos, declararon que el Regente del Imperio había perdido su derecho al poder y eligieron entre ellos a una regencia de cinco personas. Esta regencia procedió en el acto a adoptar una ley sobre la milicia que fue enviada a todos los gobiernos de Alemania, observando las formalidades debidas. ¡A esos enemigos declarados de la Asamblea se ordenaba que reuniesen fuerzas en su defensa! Así se formó, claro que en el papel, un ejército para la defensa de la Asamblea Nacional. Divisiones, brigadas, regimientos, baterías: todo quedaba regulado y ordenado. No faltaba nada más que la realidad, ya que este ejército, naturalmente, jamás existió.

Un último esquema se ofrecía por sí solo a la Asamblea Nacional. La población democrática de todas las partes del país envió diputaciones para ponerse a disposición del Parlamento y hacerle que obrase con resolución. El pueblo, que conocía cuáles eran las intenciones del Gobierno de Württemberg, pidió a la Asamblea Nacional que lo obligase a colaborar abierta y activamente con sus vecinos sublevados. Pero no. La Asamblea Nacional, en vez de hacer eso, se fue a Stuttgart y se entregó a la buena merced del Gobierno de Württemberg. Los diputados se daban cuenta de lo que hacían y por eso se opusieron a la agitación entre el pueblo. Así perdieron la poca influencia que les podía haber quedado. Se ganaron el desprecio merecido, y el Gobierno de Württemberg, presionado por Prusia y el Regente imperial, puso fin a la farsa democrática, cerrando el 18 de junio de 1849 la sala donde se reunía el Parlamento y ordenando a los miembros de la regencia que abandonaran el país.

Entonces se fueron a Baden, al campo de la insurrección, pero allí ya no hacían ninguna falta. Nadie les hacía caso. La regencia, sin embargo, en nombre del soberano pueblo alemán, continuó salvando el país con sus esfuerzos. Hizo una tentativa de que lo reconociesen las potencias extranjeras, entregando passports a cuantos desearan recibirlos. Editó proclamas y envió comisarios a sublevar las reglones de Württemberg a las que había negado la ayuda cuando aún era tiempo; y como es natural, sin resultado alguno. Ahora tenemos a la vista un informe original de los enviados a la regencia por uno de esos comisarios, el señor Roesler (diputado por Oels[**]), cuyo contenido es bastante característico. Está fechado el 30 de junio de 1849 en Stuttgart. Después de describir las aventuras de media docena de esos comisarios en una búsqueda infructuosa de dinero, da una serie de excusas por no haber llegado aún a su lugar de destino y luego se explaya en argumentaciones de más peso respecto a las posibles disensiones entre Prusia, Austria, Baviera y Württemberg con sus posibles consecuencias. Después de haberlo pensado bien todo, llega, sin embargo, a la conclusión de que ya no queda ninguna oportunidad. A continuación propone formar con hombres de confianza un servicio de información y un sistema de espionaje para conocer las intenciones del Gobierno de Württemberg y los movimientos de las tropas. Esta carta no llegó a sus destinatarios, ya que, cuando fue escrita, la «regencia» había pasado ya enteramente al «departamento de asuntos extranjeros», es decir, a Suiza. Y en tanto que el pobre señor Roesler aún se rompía los cascos en cuanto a las intenciones del terrible gobierno de un reino de sexta categoría, cien mil soldados prusianos, bávaros y hesianos habían ventilado ya todas las cuestiones en la última batalla reñida al pie de los muros de Rasttat.

Así se desvaneció el Parlamento alemán y, con él, la primera y última creación de la revolución. Su convocación había sido la primera evidencia de que allí había habido realmente una revolución en enero; y existió hasta que se puso fin a esta primera revolución moderna de Alemania. Elegido bajo la influencia de las clases capitalistas, por una población rural desmembrada y dispersa, cuya mayor parte acababa de salir de la mudez del feudalismo este Parlamento sirvió para unir en un cuerpo en el terreno político todos los grandes nombres populares de 1820 a 1848 y luego anularlos por completo. Todas las celebridades de la clase media liberal estaban reunidas en él; la burguesía esperaba maravillas y se ganó la vergüenza para ella y sus representantes. La clase capitalista industrial y comercial sufrió en Alemania una derrota más completa que en cualquier otro país: primero fue vencida, quebrantada y destituida de los cargos oficiales en todos los Estados de Alemania; luego fue tirada por los suelos, vejada y puesta en ridículo en el Parlamento Central de Alemania. El liberalismo político, la gobernación de la burguesía, tanto en forma monárquica como republicana, es imposible para siempre en Alemania.

En el último período de su existencia, el Parlamento alemán sirvió para envilecer eternamente a la fracción que encabezó desde marzo de 1848 la oposición oficial, a los representantes demócratas de los intereses de los pequeños artesanos y comerciantes y parte de los campesinos. En mayo y junio de 1849 se dio a esta clase una oportunidad de mostrar su capacidad para formar un gobierno firme en Alemania. Ya hemos visto el fracaso que tuvo; y no tanto por las adversas circunstancias como por su evidente y constante cobardía, que siempre se manifestó en todos los movimientos decisivos que hubo desde el estallido de la revolución; y eso porque, en política, ha mostrado la misma miopía, pusilanimidad y vacilación típicas de sus operaciones mercantiles. En mayo de 1849, en virtud de esa conducta, perdió ya la confianza de la clase obrera, verdadera fuerza combativa de todas las insurrecciones europeas. Y aun con todo, tuvo probabilidades de triunfar. Desde el momento en que los reaccionarios y los liberales abandonaron el Parlamento, éste les pertenecía exclusivamente a ellos. La población rural se puso a su lado. Dos terceras partes de los ejércitos de los Estados pequeños, una tercera parte del prusiano y la mayoría de la Landwehr (reserva o milicia) prusiana estaban dispuestas a adherirse a él si hubiese actuado con resolución y coraje en consecuencia de una clara visión de la marcha de las cosas. Pero los políticos que continuaban dirigiendo a esta clase no eran más sagaces que la masa de pequeños comerciantes y artesanos que los seguían. Demostraron ser más ciegos aún, estar más aferrados a las ilusiones que alimentaban ellos mismos por propia voluntad, ser más crédulos y más incapaces de tener resueltamente en cuenta los hechos que los liberales. Su importancia política también cayó por debajo del punto de congelación. Pero como, de hecho, no pusieron en práctica sus triviales principios, habrían podido, ante la concurrencia de circunstancias muy favorables, resurgir por un momento, pero esta última esperanza se les frustró lo mismo que a sus colegas de la «democracia pura» en Francia con el golpe de Estado de Luis Bonaparte.

La derrota de la insurrección del Sudoeste de Alemania y la dispersión del Parlamento alemán ponen fin a la historia de la primera revolución alemana. No nos queda más que echar un vistazo de despedida a los victoriosos miembros de la alianza contrarrevolucionaria. Lo haremos en nuestro siguiente artículo[55].

Londres, 21 de septiembre de 1852



[*] El nombre polaco es Strzegom. (N. de la Edit.)

[**] El nombre polaco es Olesnica. (N. de la Edit.)

[54] En la catedral de San Pablo, de Francfort del Meno, se celebraron reuniones de la Asamblea Nacional Alemana desde el 18 de mayo de 1848 hasta el 30 de mayo de 1849.

[55] El último artículo de esta serie no se publicó en el "New York Daily Tribune". En la edición inglesa de 1896, preparada para la prensa por Eleonora Marx-Aveling, hija de Carlos Marx, así como en varias ediciones subsiguientes, se insertó como último artículo el de Engels, que no se incluía en esta serie y llevaba por título "El reciente proceso de Colonia" (véase el presente tomo [Marx, C. & Engels, F. (1974). Obras Escogidas (en 3 tomos). Editorial Progreso, Moscú, 1974. Tomo I. -MIA], págs. 397-403).