Volver al Indice


Federico Engels
REVOLUCIÓN Y CONTRAREVOLUCIÓN EN ALEMANIA



VIII

LOS POLACOS, LOS CHECOS Y LOS ALEMANES


Por lo que se ha expuesto ya en los artículos anteriores, resulta evidente que, si no seguía otra revolución a la de marzo de 1848, en Alemania las cosas volverían inevitablemente al estado de antes de este acontecimiento. Pero es tal la complicada naturaleza del tema histórico que tratamos de aclarar, que los subsiguientes sucesos no podrán ser entendidos claramente sin tener en cuenta lo que podrían llamarse relaciones exteriores de la revolución alemana. Y estas relaciones exteriores eran de la misma intrincada naturaleza que los asuntos interiores.

Toda la mitad oriental de Alemania hasta el Elba, el Saale y el Bosque de Bohemia fue reconquistada, como es bien sabido, durante el último milenio a los invasores de origen eslavo. La mayor parte de estos territorios ha sido germanizada durante los últimos siglos hasta la extinción total de la nacionalidad y la lengua eslavas. Y si exceptuamos unos pequeños restos, que suman en total menos de cien mil almas (kassubianos en Pomerania, wends o sorbianos en Lusacia), sus habitantes son alemanes en todos los aspectos. Pero el caso es diferente a lo largo de la frontera de la vieja Polonia y en los territorios de lengua checa: Bohemia y Moravia. Aquí las dos nacionalidades están mezcladas en todos los distritos: las ciudades son, por lo general, más o menos alemanas, en tanto que el elemento eslavo prevalece en las aldeas, donde, sin embargo, va siendo desintegrado y desplazado gradualmente por el aumento continuo de la influencia alemana.

La razón de tal estado de cosas estriba en lo siguiente. Desde los tiempos de Carlomagno, los germanos han venido haciendo los esfuerzos más pertinaces y constantes para conquistar, colonizar o, al menos, civilizar el Este de Europa. Las conquistas de la nobleza feudal entre el Elba y el Oder, así como las colonias feudales de las órdenes militares de caballeros en Prusia y Livonia sólo prepararon el terreno para un sistema de germanización más extensa y eficaz mediante la burguesía comercial y manufacturera cuya importancia social y política venía aumentando en Alemania, como en el resto de Europa Oriental, desde el siglo XV. Los eslavos, particularmente los occidentales (polacos y checos), son esencialmente agricultores; el comercio y la manufactura jamás gozaron de gran favor entre ellos. La consecuencia fue que, con el crecimiento de la población y el surgimiento de las ciudades, en estas regiones la producción de artículos manufactureros cayó en las manos de los inmigrados alemanes, y el intercambio de estas mercancías por productos de la agricultura se hizo monopolio exclusivo de los hebreos quienes, si pertenecen a alguna nacionalidad, son indudablemente en estos países más alemanes que eslavos. Lo mismo ha ocurrido, aunque en menor grado, en todo el Este de Europa. El artesano, el pequeño comerciante y el pequeño fabricante de San Petersburgo, Pest, Jassy e incluso Constantinopla es alemán hasta hoy día; pero el prestamista, el tabernero y el quincallero, figuras muy importantes en estos países de pequeña densidad de población, es generalmente hebreo, cuya lengua natal es el alemán horriblemente estropeado. La importancia del elemento alemán en las zonas limítrofes eslavas, que fue aumentando siempre con el crecimiento de las ciudades, del comercio y de la industria, aumentó más aún cuando se creyó necesario importar de Alemania casi todos los elementos de la cultura espiritual; tras el mercader y el artesano alemán, se establecieron en tierras eslavas el clérigo alemán, el maestro de escuela alemán y el savant alemán. Y, por último, el paso de hierro de los ejércitos conquistadores o las apropiaciones cautelosas y bien meditadas de la diplomacia no sólo siguió, sino que en mucho casos precedió al avance lento, pero seguro, de la desnacionalización que operaba el desarrollo social. Así, grandes partes de Prusia Occidental y de Posnania fueron germanizadas desde la primera división de Polonia por las ventas y donaciones de tierras del dominio público a colonos alemanes, por los estímulos concedidos a los capitalistas alemanes para montar fábricas, etc., en estas zonas limítrofes y, muy a menudo también, por las medidas excesivamente despóticas contra los habitantes polacos del país.

De esa manera, en los últimos setenta años ha cambiado totalmente la línea de demarcación entre las nacionalidades alemana y polaca. La revolución de 1848 promovió de golpe la reivindicación de todas las naciones oprimidas, de una existencia independiente y del derecho a decidir por sí mismas sus propios asuntos; por eso era completamente natural que los polacos exigieran inmediatamente la reconstitución de su país en las fronteras de la vieja República Polaca que existió hasta 1772 [32]. Ahora bien, estas fronteras habían quedado ya anticuadas incluso para entonces, si se toman como delimitación de las nacionalidades alemana y polaca; y cada año que pasaba se quedaban más anticuadas aún a medida que progresaba la germanización; pero como los alemanes propugnaban con tanto entusiasmo la reconstitución de Polonia, debían esperar que les pidiesen, como primera prueba de la sinceridad de sus simpatías, que renunciasen a su parte del botín despojado. Por otro lado, ¿es que habían de ser cedidas regiones enteras, pobladas principalmente por alemanes, y grandes ciudades, enteramente alemanas, a un pueblo que aún no había dado ninguna prueba de su capacidad de progreso que le permitiese salir del estado de feudalismo basado en la servidumbre de la población agrícola? La cuestión era bastante complicada. La única solución posible estaba en la guerra contra Rusia; entonces, el problema de la delimitación entre las diferentes naciones revolucionarias pasaría a un plano secundario en comparación con el principal de levantar una frontera segura contra el enemigo común; los polacos, tras de recibir extensos territorios en el Este, se harían más tratables y razonables en el Oeste; después de todo, Riga y Mitau [*] serían para ellos no menos importantes que Danzig y Elbing [**]. Así, el partido avanzado de Alemania, que estimaba necesaria la guerra contra Rusia para ayudar al movimiento en el continente y consideraba que el restablecimiento nacional incluso de una parte de Polonia llevaría inevitablemente a esa guerra, apoyaba a los polacos; en tanto que el Partido Liberal de la clase media gobernante preveía su caída en una guerra nacional contra Rusia, que pondría en el poder a hombres más activos y enérgicos; por eso, fingiendo entusiasmo por la extensión de la nacionalidad alemana, declaró a Polonia prusa, foco principal de la agitación revolucionaria polaca, parte inseparable del futuro gran Imperio alemán. Las promesas dadas a los polacos durante los primeros días de agitación quedaron vergonzosamente sin cumplir; los destacamentos armados polacos, organizados con el consentimiento del gobierno, fueron dispersados y cañoneados por la artillería prusiana, y ya en abril de 1848, seis semanas después de la revolución de Berlín, el movimiento polaco fue aplastado, resucitando la vieja hostilidad nacional entre polacos y alemanes. Este servicio inmenso e incalculable lo prestaron al autócrata ruso los ministros Camphausen y Hansemann, comerciantes liberales. Debe agregarse que esta campaña polaca fue el primer medio de reorganizar e infundir moral a ese mismo ejército prusiano que luego derrocó al Partido Liberal y aplastó el movimiento que los señores Camphausen y Hansemann habían levantado con tantos esfuerzos. «En el pecado va la penitencia». Ese ha sido siempre el sino de todos los advenedizos de 1848 y 1849, desde Ledru-Rollin hasta Changarnier y desde Camphausen hasta Haynau.

El problema de la nacionalidad motivó también otra lucha en Bohemia. Este país, poblado por dos millones de alemanes y tres millones de eslavos de lengua checa, tenía grandes recuerdos históricos, casi todos relacionados con la anterior supremacía de los checos. Pero la fuerza de esta rama de la familia eslava quedó quebrantada desde la guerra de los husitas en el siglo quince [33]; las provincias de habla checa fueron divididas, y una parte formó el reino de Bohemia, otra el principado de Moravia, y la tercera, el montañoso territorio carpático de los eslovacos, fue incluido en Hungría. Los moravos y los eslovacos habían perdido desde hacía tiempo todo vestigio de sentimiento y vitalidad nacional, si bien conservaban en gran parte su lenguaje. Bohemia estaba rodeada de países enteramente alemanes por tres lados. El elemento alemán había hecho grandes progresos en su propio territorio; incluso en la capital, Praga, las dos nacionalidades eran casi iguales en número; y el capital, el comercio, la industria y la cultura espiritual estaban por doquier en manos de los alemanes. El profesor Palacky, paladín de la nacionalidad checa, no es otra cosa que un erudito alemán trastornado que ni aun hoy puede hablar correctamente el checo sin acento extranjero. Mas, como suele suceder a menudo, la feneciente nacionalidad checa, feneciente según todos los hechos conocidos en la historia de los cuatro siglos últimos, hizo en 1848 un último esfuerzo para recuperar su anterior vitalidad, y el fracaso de este esfuerzo, independientemente de todas las consideraciones revolucionarias, había de probar que Bohemia podía existir en adelante sólo como parte de Alemania, aunque una porción de sus habitantes pudiera seguir hablando en una lengua no germánica durante varios siglos más [34].

Londres, febrero de 1852



[*] El nombre letón es Jelgava. (N. de la Edit.)

[**] Los nombres polacos son Gdansk y Elblong. (N. de la Edit.)

 

[32] Se refiere a las fronteras entre Polonia hasta la primera división de 1772, cuando una gran parte de su territorio quedó dividido entre Rusia, Prusia y Austria-Hungría.

[33] Guerras de los husitas: guerras de liberación nacional del pueblo checo entre 1419 y 1437 contra los señores feudales alemanes y la Iglesia católica; deben su denominación al dirigente de la Reforma checa Jan Hus (1369-1415).

[34] En el presente artículo Engels trata del movimiento nacional de los pueblos que integraban por entonces el Imperio austríaco (checos, eslovacos, croatas y otros). Marx y Engels, que trataron siempre la cuestión nacional desde el punto de vista de los intereses de la revolución, simpatizaron ardientemente con su lucha, cuando en ella eran fuertes las tendencias democrático-revolucionarias. Cuando en este movimiento prevalecieron los elementos burgueses-terratenientes de derecha y el movimiento nacional de estos pueblos lograron utilizarlo las fuerzas monárquicas reaccionarias contra la revolución alemana y húngara, Marx y Engels cambiaron de actitud con él. «Por eso y sólo por eso Marx y Engels estaban en contra del movimiento nacional de los checos y los eslavos del sur»— escribió Lenin.
     A la par con la apreciación adecuada del papel objetivo de los movimientos nacionales de los pueblos eslavos de Austria, en las condiciones concretas de 1848-1849, en el trabajo de Engels hay también varias afirmaciones erróneas respecto a los destinos históricos de estos pueblos. Engels despliega la idea de que estos pueblos ya no son capaces de existencia nacional independiente y que serán ineludiblemente absorbidos por el vecino más fuerte. Esta deducción de Engels se explica principalmente por la opinión general que tenía por entonces de los destinos históricos de los pueblos pequeños. Engels creía que el curso de la historia, cuya tendencia fundamental en el capitalismo es la centralización y la constitución de grandes Estados, llevaría a la absorción de los pueblos pequeños por naciones mayores. Al señalar acertadamente la tendencia, propia del capitalismo, a la centralización y a la formación de grandes Estados, Engels no tuvo en cuenta otra tendencia: la lucha de los pueblos pequeños contra la opresión nacional, por su independencia, y la aspiración de los mismos a organizar su propio Estado. A medida que se iban incorporando las grandes masas populares a la lucha de liberación nacional, conforme iba aumentando su grado de conciencia y organización, los movimientos de liberación nacional de los pueblos pequeños, incluidos los eslavos de Austria, adquirían un carácter más y más democrático y progresivo y llevaban a ampliar el frente de la lucha revolucionaria. Como ha mostrado la historia, los pueblos eslavos pequeños que antes integraban el Imperio austríaco no sólo mostraron su capacidad de desarrollo nacional independiente, así como de crear su propio Estado, sino que salieron a las filas de los constructores del régimen social más avanzado.