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F. ENGELS

Marx y la Neue Rheinische Zeitung (1848-1849)[1]



Escrito: En alemán, a mediados de febrero y comienzos de marzo de 1884..
Primera edición: En el periódico Der Sozialdemokrat, N° 11, del 13 de marzo de 1884.
Digitalización: Juan R. Fajardo, para el MIA, abril de 2001.
Fuente: Marx & Engels, Obras Escogidas en tres tomos (Editorial Progreso, Moscú, 1974), t. III, págs. 174-183.
Esta edición: Marxists Internet Archive, abril de 2001.




Cuando estalló la revolución de febrero [2], el "Partido Comunista" Alemán, como lo llamábamos nosotros, se reducía a un pequeño núcleo, a la Liga de los Comunistas, organizada como sociedad secreta de propaganda. La Liga era secreta única y exclusivamente a causa de que por aquel entonces no existía en Alemania libertad de asociación ni de reunión. Aparte de las asociaciones obreras del extranjero, en las que reclutaba sus afiliados, la Liga tenía en la propia Alemania unas treinta comunidades o secciones, además de diversos afiliados sueltos en muchas localidades. Pero esta insignificante fuerza de combate tenía en Marx un jefe de primera categoría, al que todos se sometían de buen grado, y además, gracias a él, un programa de principios y de táctica que conserva todavía hoy su validez: el Manifiesto Comunista.

Aquí nos interesa, en primer lugar, la parte táctica del programa. Esta aparece formulada, en términos generales, así:

«Los comunistas no forman un partido aparte, opuesto a los otros partidos obreros.

No tienen intereses que los separen del conjunto del proletariado.

No proclaman principios especiales a los que quisieran amoldar el movimiento proletario.

Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios, destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad; y, por otra parte, en que, en las diferentes fases de desarrollo por que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto.

Prácticamente, los comunistas son, pues, el sector más resuelto de los partidos obreros de todos los países, el sector que siempre impulsa adelante a los demás; teóricamente, tienen sobre el resto del proletariado la ventaja de su clara visión de las condiciones, de la marcha y de los resultados generales del movimiento proletario».

En lo que respecta al partido alemán en particular:

«En Alemania, el Partido Comunista lucha al lado de la burguesía, en tanto que ésta actúa revolucionariamente contra la monarquía absoluta, la propiedad territorial feudal y la pequeña burguesía reaccionaria.

Pero jamás, en ningún momento, se olvida este partido de inculcar a los obreros la más clara conciencia del antagonismo hostil que existe entre la burguesía y el proletariado, a fin de que los obreros alemanes sepan convertir de inmediato las condiciones sociales y políticas que forzosamente ha de traer consigo la dominación burguesa en otras tantas armas contra la burguesía, a fin de que, tan pronto sean derrocadas las clases reaccionarias en Alemania, comience inmediatamente la lucha contra la misma burguesía.

Los comunistas fijan su principal atención en Alemania, porque Alemania se halla en vísperas de una revolución burguesa» etc. (Manifiesto, IV) [*]

No ha habido nunca un programa táctico que haya mostrado su validez tan brillantemente como éste. Formulado en vísperas de una revolución, salió triunfante de la prueba a que dicha revolución lo sometió. Desde entonces, siempre que un partido obrero se ha desviado de él, ha pagado cara su desviación; y hoy, transcurridos casi cuarenta años, ese programa es el que marca la pauta a todos los partidos obreros resueltos y conscientes de Europa, desde Madrid hasta Petersburgo.

Los acontecimientos de Febrero en París precipitaron la revolución alemana que se avecinaba y modificaron con ello su carácter. La burguesía alemana, en lugar de vencer con sus propias fuerzas, triunfó a remolque de una revolución obrera francesa. Antes de haber derrotado por completo a sus antiguos enemigos —la monarquía absoluta, la propiedad feudal del suelo, la burocracia y la cobarde pequeña burguesía—, tuvo que hacer frente a un nuevo enemigo: el proletariado. Pero, inmediatamente hiciéronse sentir los efectos de la situación económica del país, mucho más atrasada que la de Francia e Inglaterra, así como las consecuencias del consiguiente retraso en las relaciones de clase.

La burguesía alemana, que empezaba entonces a fundar su gran industria, no tenía la fuerza, ni la valentía precisa para conquistar la dominación absoluta dentro del Estado; tampoco se veía empujada a ello por una necesidad apremiante. El proletariado, tan poco desarrollado como ella, educado en una completa sumisión espiritual, no organizado y hasta incapaz todavía de adquirir una organización independiente, sólo presentía de un modo vago el profundo antagonismo de intereses que le separaba de la burguesía. Y así, aunque en el fondo fuese para ésta un adversario amenazador, seguía siendo, por otra parte, su apéndice político. La burguesía, asustada no por lo que el proletariado alemán era, sino por lo que amenazaba llegar a ser y por lo que era ya el proletariado francés, sólo vio su salvación en una transacción, aunque fuese la más cobarde, con la monarquía y la nobleza. El proletariado, inconsciente aún de su propio papel histórico, hubo de asumir por el momento, en su inmensa mayoría, el papel de ala propulsora, de extrema izquierda de la burguesía. Los obreros alemanes tenían que conquistar, ante todo, los derechos que les eran indispensables para organizarse de un modo independiente, como partido de clase: libertad de imprenta, de asociación y de reunión; derechos que la burguesía hubiera tenido que conquistar en interés de su propia dominación pero que ahora les disputaba, llevada por su miedo a los obreros. Los pocos y dispersos centenares de afiliados a la Liga de los Comunistas se perdieron en medio de aquella enorme masa puesta de pronto en movimiento. De esta suerte, el proletariado alemán aparece por primera vez en la escena política principalmente como un partido democrático de extrema izquierda.

Esto determinó el que nuestra bandera, al fundar en Alemania un gran periódico, no podía ser otra que la bandera de la democracia; pero de una democracia que destacaba siempre, en cada caso concreto, el carácter específicamente proletario, que aún no podía estampar de una vez para siempre en su estandarte. Si no hubiéramos procedido de este modo, si no hubiéramos querido adherirnos al movimiento, incorporándonos a aquella ala que ya existía, que era la más progresiva y que, en el fondo, era un ala proletaria, para impulsarlo así hacia adelante, no nos hubiera quedado más remedio que ponernos a predicar el comunismo en alguna hojita lugareña y fundar, en vez de un gran partido de acción, una pequeña secta. Pero el papel de predicadores en el desierto no nos cuadraba; habíamos estudiado demasiado bien a los utopistas para caer en ello. No era para eso para lo que habíamos trazado nuestro programa.

Cuando llegamos a Colonia, los elementos democráticos, en parte comunistas, habían hecho ya los preparativos para fundar un gran periódico. La intención de los organizadores era dar al periódico un carácter puramente local y desterrarnos a Berlín. Pero, en 24 horas, y gracias principalmente a Marx, les ganamos el terreno y nos hicimos dueños del periódico, a cambio, hubimos de admitir en la redacción a Heinrich Bürgers. Este escribió un artículo (para el número 2), pero no llegó a escribir el segundo.

Adonde nosotros teníamos que ir era precisamente a Colonia y no a Berlín. En primer lugar, porque Colonia era el centro de la provincia del Rin, la provincia que había pasado por la revolución francesa, la que se había asimilado, con el Código de Napoleón [3], concepciones jurídicas modernas, la que había desarrollado en mayor grado la gran industria y la que era, en todos los aspectos, la región más avanzada de Alemania, en aquella época. Al Berlín de entonces lo conocíamos demasiado bien, por propia experiencia, con su burguesía acabada de nacer, con su pequeña burguesía, de lengua insolente, pero cobarde y rastrera en sus actos, con sus obreros aún faltos por completo de desarrollo, con sus infinitos burócratas y su chusma de nobles y cortesanos, con todo su carácter de mera "residencia". Pero el factor decisivo era que en Berlín imperaba el misérrimo derecho de la tierra de Prusia, y los procesos políticos se ventilaban ante jueces profesionales, mientras que en el Rin estaba en vigor el Código de Napoleón, que desconoce los procesos por delitos de prensa, porque da por supuesto el régimen de censura, y establece la competencia del jurado sólo para los hechos calificados como delitos políticos, y no como infracciones. En Berlín, después de la revolución, el joven Schlöffel fue condenado a un año de cárcel por una verdadera pequeñez; en cambio, en el Rin gozábamos de una libertad incondicional de prensa, y la aprovechamos hasta la última gota.

Así, el 1 de junio de 1848 dimos comienzo a la publicación de nuestro periódico, con un capital por acciones muy limitado, de ellas sólo unas pocas habían sido hechas efectivas y los accionistas eran más que inseguros. Tan pronto como se hubo publicado el primer número nos abandonó la mitad de ellos, y al final del mes no quedaba ya ninguno.

La constitución que regía en la redacción del periódico se reducía simplemente a la dictadura de Marx. Un gran periódico diario, que ha de salir a una hora fija, no puede defender consecuentemente sus puntos de vista con otro régimen que no sea éste. Pero además, en este caso, la dictadura de Marx era algo natural, que nadie discutía y que todos aceptábamos de buen grado. Gracias, sobre todo, a su clara visión y a su firme actitud, la Neue Rheinische Zeitung se convirtió en el periódico alemán más famoso de los años de la revolución.

El programa político de la Neue Rheinische Zeitung constaba de dos puntos fundamentales:

República alemana democrática, una e indivisible, y guerra con Rusia, que llevaba implícito el restablecimiento de Polonia.

La democracia pequeñoburguesa se dividía, por aquel entonces, en dos fracciones: la de la Alemania del Norte, que deseaba un emperador prusiano democrático, y la de la Alemania del Sur (entonces casi específicamente de Baden), que quería transformar a Alemania en una república federal a semejanza de Suiza. Nosotros teníamos que luchar contra ambas fracciones. El interés del proletariado se oponía igualmente a la prusianización de Alemania como a la perpetuación del fraccionamiento en Estados diminutos. Exigía imperiosamente la unificación de Alemania en una nación, única forma de limpiar de todos los mezquinos obstáculos heredados del pasado el palenque en que habían de medir sus fuerzas el proletariado y la burguesía. Pero el interés del proletariado se oponía también a que la unificación se realizase bajo la hegemonía de Prusia: el Estado prusiano, con todas sus instituciones, con sus tradiciones y su dinastía era precisamente el único enemigo interior serio que la revolución alemana tenía que derribar; además, Prusia sólo podía unificar a Alemania desgarrándola, dejando fuera la Austria alemana. Disolución del Estado prusiano, desmoronamiento del Estado austríaco, unificación real de Alemania como república: éste y sólo éste podía ser nuestro programa revolucionario inmediato. Y este programa se podía llevar a la práctica por medio de la guerra contra Rusia, y sólo por este medio. Sobre este punto, volveré más adelante.

Por lo demás, el tono del periódico no era, ni mucho menos, solemne, serio e inflamado. No teníamos más que adversarios despreciables, y a todos ellos los tratábamos con el mayor de los desprecios. La monarquía conspiradora, la camarilla, la nobleza, la Kreuz-Zeitung, toda la "reacción" unificada sobre la que el filisteo volcaba su indignación moral, no encontraba en nosotros más que befa y burla. Y no tratábamos mejor a los nuevos ídolos encumbrados por la revolución: los ministros de Marzo [4], las asambleas de Francfort y de Berlín,[5] sin distinguir entre derechas e izquierdas. Ya el primer número empezó con un artículo que ridiculizaba la poquedad del parlamento de Francfort, la esterilidad de sus larguísimos discursos y la inutilidad de sus cobardes resoluciones[**]. Este artículo nos costó la mitad de los accionistas. El parlamento de Francfort ni siquiera era un club de debates; en él apenas se discutía; casi no se hacía más que recitar las disertaciones académicas que se llevaban preparadas y aprobar resoluciones destinadas a entusiasmar al filisteo alemán, pero de las que, por lo demás, nadie hacía caso.

La asamblea de Berlín tenía ya más importancia, pues se enfrentaba a una fuerza real y no discutía ni tomaba resoluciones en el vacío, en el reino de las nubes de la asamblea de Francfort. Por eso, el periódico le dedicaba más atención. Pero los ídolos de la izquierda de la asamblea de Berlín —Schulze-Delitsch, Berends, Elsner, Stein, etc.— eran tratados por nosotros con la misma dureza que a los de Francfort, poniendo implacablemente al desnudo su indecisión, su timidez y su gazmoñería y demostrándoles cómo se iban deslizando paso a paso, a fuerza de componendas, por la senda de la traición a la revolución. Esto provocaba, naturalmente, el espanto del demócrata pequeñoburgués, que acababa de fabricar para su propio uso a estos ídolos. Pero este espanto era, para nosotros, la prueba de que habíamos dado en el blanco.

Asimismo salíamos al paso de las ilusiones, celosamente difundidas por la pequeña burguesía, de que la revolución había terminado con las jornadas de marzo y de que ahora no había más que recoger sus frutos. Para nosotros, febrero y marzo sólo podían tener el significado de una auténtica revolución siempre y cuando que no fuesen el remate, sino, por el contrario, el punto de partida de un largo movimiento revolucionario, en el que (como había ocurrido en la Gran Revolución francesa) el pueblo se fuese desarrollando a través de sus propias luchas, en el que los partidos se fuesen deslindando cada vez más nítidamente hasta coincidir por entero con las grandes clases —burguesía, pequeña burguesía y proletariado— y en el que el proletariado fuese conquistando, en una serie de batallas, una posición tras otra. De ahí que nos enfrentásemos también con la pequeña burguesía democrática siempre que ésta pretendía velar sus contradicciones de clase con el proletariado con la frase favorita de que "todos queremos lo mismo, nuestras diferencias se deben todas a meros equívocos". Y cuanto menos consentíamos que la pequeña burguesía se forjara ilusiones en cuanto a nuestra democracia proletaria, más dócil y sumisa se mostraba con nosotros. Cuanto más enérgica y resueltamente se enfrenta uno con ella, tanto más gustosa agacha la cabeza y tantas más concesiones hace al partido obrero. Lo hemos visto a través de nuestra propia experiencia.

Poníamos, en fin, al descubierto el cretinismo parlamentario (como lo llamaba Marx) de las diversas asambleas denominadas nacionales[***]. Estos señores habían dejado que se les escapasen de las manos todos los resortes del poder, reintegrándolos —voluntariamente en parte— a los gobiernos. Junto a gobiernos reaccionarios nuevamente fortalecidos, en Berlín y en Francfort funcionaban unas asambleas sin fuerza alguna, aunque se imaginasen que sus acuerdos impotentes iban a sacar al mundo de quicio. Estas ilusiones cretinas prevalecían hasta entre la extrema izquierda. ¡Vuestro triunfo parlamentario —les gritábamos— coincidirá con vuestra derrota real y efectiva!

Y así ocurrió, tanto en Berlín como en Francfort. Cuando la "izquierda" obtuvo la mayoría, el gobierno disolvió la asamblea; y pudo hacerlo porque ésta había perdido todo su crédito ante el pueblo.

Cuando, más tarde, leí el libro de Bougeart sobre Marat, vi que nosotros habíamos imitado inconscientemente, en más de un aspecto, el gran ejemplo del verdadero "Ami du Peuple" [6] (no del falseado por los monárquicos), y que todo ese griterío furioso y todo ese falseamiento de la historia que ha desfigurado por completo, a lo largo de casi un siglo, la verdadera imagen de Marat, se debe exclusivamente a que Marat desenmascaró sin piedad a los ídolos del momento (Lafayette, Bailly y otros), denunciándolos como traidores consumados de la revolución, y a que Marat, al igual que nosotos, no consideraba que la revolución había terminado, sino que se había declarado permanente.

Proclamamos abiertamente que la tendencia que nosotros representábamos sólo podría lanzarse a la lucha por la consecución de nuestros objetivos reales de partido cuando el más extremo de los partidos oficiales existentes en Alemania llegase al poder. Y entonces, frente a él, nosotros formaríamos la oposición.

Pero los acontecimientos hicieron que a las burlas contra nuestros adversarios alemanes se uniese el fuego de la pasión. La insurrección de los obreros de París en junio de 1848 nos encontró en nuestro puesto. Desde que sonó el primer tiro nos pusimos resueltamente al lado de los insurrectos. Después de su derrota, Marx ensalzó la memoria de los vencidos en uno de sus artículos más vigorosos[****].

En vista de esto nos abandonaron los últimos accionistas que nos quedaban. Pero tuvimos la satisfacción de ser el único periódico de Alemania y casi de toda Europa que mantuvo en alto la bandera del proletariado derrotado en un momento en que los burgueses y los pequeños burgueses de todos los países volcaban sobre los vencidos sus calumnias más inmundas.

La política exterior propugnada por nosotros era bien sencilla: defender a todo pueblo revolucionario y llamar a la guerra general de la Europa revolucionaria contra el gran baluarte de la reacción europea: Rusia. Desde el 24 de febrero [7], era claro para nosotros que la revolución no tenía más que un enemigo verdaderamente temible, Rusia, y que este enemigo se vería tanto más obligado a lanzarse a la lucha cuanto más se extendiese el movimiento a toda Europa. Los acontecimientos de Viena, Milán y Berlín tenían que retrasar el ataque de Rusia, pero éste era tanto más seguro cuanto más se acercaba la revolución a las puertas de Rusia. Pero si se conseguía arrastrar a Alemania a la guerra contra Rusia, se habrían acabado los Habsburgos y los Hohenzollern, y la revolución triunfaría en toda la línea.

Esta línea política es mantenida en todos los números del periódico hasta el momento en que los rusos invaden Hungría, hecho que vino a confirmar plenamente nuestros pronósticos y que decidió la derrota de la revolución.

En la primera de 1849, a medida que se acercaba la batalla decisiva, el lenguaje del periódico iba haciéndose más violento y más apasionado en cada número. Wilhelm Wolff recordó a los campesinos de Silesia, en su serie de artículos titulada "Los mil millones silesianos" (ocho artículos) [8] cómo los terratenientes, con motivo del rescate de las cargas feudales, les habían estafado, con ayuda del gobierno, su dinero y sus tierras, y exigía para ellos una indemnización de mil millones de táleros.

Al mismo tiempo se publicó en abril, en una serie de artículos editoriales, la obra de Marx sobre el trabajo asalariado y el capital [*****], que constituían una clarísima indicación sobre los objetivos sociales de nuestra política. Cada número, cada edición extraordinaria aludían a la gran batalla que se estaba preparando, al recrudecimiento de las contradicciones en Francia, Italia, Alemania y Hungría. Sobre todo los números extraordinarios de abril y mayo eran otros tantos llamamientos al pueblo, invitándole a estar preparado para la acción.

En toda Alemania se maravillaban de que pudiéramos hablar tan abiertamente de todo eso en una fortaleza prusiana de primer orden, con una guarnición de ocho mil hombres, y en las mismas narices del cuerpo de guardia. Pero nuestra redacción, en la que había ocho fusiles de bayoneta y 250 cartuchos, amén de los gorros frigios que llevaban nuestros cajistas, era también considerada por los oficiales como una fortaleza que no podrían tomar con un simple golpe de mano.

Por fin, el 18 de mayo de 1849 descargó el golpe.

La sublevación de Dresde y Elberfeld había sido sofocada y la de Iserlohn estaba cercada; las provincias del Rin y Westfalia estaban erizadas de bayonetas, que, después de aplastar por completo a la Prusia renana, se disponían a marchar sobre el Palatinado y Baden. Fue entonces cuando el gobierno se atrevió, por fin, a meternos mano. La mitad de nuestros redactores fue procesada judicialmente; los demás debían ser expulsados por no tener la nacionalidad prusiana. Mientras el gobierno tuviera detrás a todo un cuerpo de ejército, no había nada que hacer. No tuvimos más remedio que entregar nuestra fortaleza, pero evacuamos con armas y bagajes, con música y con la bandera desplegada del último número, impreso en tinta roja, en el que precavíamos a los obreros de Colonia contra toda intentona desesperada y les decíamos:

«Los redactores de la Neue Rheinische Zeitung se despiden de vosotros dándoos las gracias por la simpatía que les habéis demostrado. Su última palabra será siempre y en todas partes ésta: ¡Emancipación de la clase obrera!»

Así termino la Neue Rheinische Zeitung, poco antes de cumplir un año de existencia. Habiendo comenzado casi sin dinero —los escasos recursos prometidos no le fueron entregados, como hemos visto—, en septiembre tenía una tirada de cerca de 5.000 ejemplares. Fue suspendida al declararse el estado de sitio en Colonia; a mediados de octubre tuvo que comenzar desde el principio. Pero en mayo de 1849, al declararse su prohibición, contaba ya con 6.000 suscriptores, mientras que la "Kölnische Zeitung" [9] no contaba, por aquel entonces, según confesaba ella misma, con más de 9.000. Ningún periódico alemán ha tenido jamás, ni antes ni después, la fuerza y la influencia que tuvo la Neue Rheinische Zeitung, ni ha sabido galvanizar a las masas proletarias como ella.

Y esto lo debía, principalmente, a Marx.

Después del golpe, la redacción se dispersó. Marx se trasladó a París, donde se estaba preparando el desenlace que se produjo el 13 de junio de 1849 [10]; Wilhelm Wolff se fue a ocupar su escaño en el parlamento de Francfort, donde la asamblea debía elegir entre ser disuelta desde arriba o unirse a la revolución; y yo me fui al Palatinado, entrando de ayudante en el cuerpo de voluntarios de Willich.



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NOTAS

[*] Véase la presente edición [Marx & Engels, Obras Escogidas en tres tomos (Editorial Progreso, Moscú, 1974)], t. 1, pág. 122. (N. de la Edit.)

[**] Véase F. Engels, "La Asamblea de Francfort". (N. de la Edit.)

[***] Véase la presente edición [Marx & Engels, Obras Escogidas en tres tomos (Editorial Progreso, Moscú, 1974)], t. 1, pág. 465. (N. de la Edit.)

[****]Véase Carlos Marx, "Revolución de junio". (N. de la Edit.)

[*****] Véase la presente edición [Marx & Engels, Obras Escogidas en tres tomos (Editorial Progreso, Moscú, 1974)], t. 1, págs. 153-178. (N. de la Edit.)


[1] En el artículo presente, escrito para el primer aniversario de la muerte de Marx, Engels explica las particularidades de la táctica de los revolucionarios proletarios en el período de la revolución democrática burguesa de los años 1848-1849. El trabajo de Engels muestra la significación histérica de la lucha revolucionaria de las masas y de la justa dirección táctica de sus acciones. Engels subraya que el partido proletario debe combinar acertadamente las tareas democrátieas generales con las proletarias. En el ejemplo de la táctica de Marx en los años 1848 y 1849 Engels enseña a los socialdemócratas alemanes a luchar por el papel rector de la clase obrera en el movimiento democrático general, defender los intereses de clase del proletariado, no dejarse llevar por las ilusiones pequeñoburguesas y denunciar decididamente los intentos de las clases gobernantes de embaucar al proletariado con falsas promesas.

[2] Trátase de la revolución de 1848 en Francia.

[3] Aquí y en adelante, Engels no entiende por "Código de Napoleón" únicamente el "Code civil" (Código civil) de Napoleón adoptado en 1804 y conocido con este nombre, sino, en el sentido lato de la palabra, todo el sistema del Derecho burgués, representado por los cinco códigos (civil, civil-procesal, comercial, penal y penal-procesal) adoptados bajo Napoleón I en los años de 1804 a 1810. Dichos códigos fueron implantados en las regiones de Alemania Occidental y Sudoccidental conquistadas por la Francia de Napoleón y siguieron en vigor en la provincia del Rin incluso después de la anexión de ésta a Prusia en 1815.

[4] Se alude a los ministros del gobierno prusiano, llegado al poder después de la revolución de marzo de 1848: Hansemann, Camphausen y otros líderes de la burguesía liberal, que llevaban a cabo una política traidora de conciliación con la burguesía.

[5] Asamblea de Francfort: Asamblea Nacional convocada después de la revolución de marzo en Alemania, que comenzó sus sesiones el 18 de mayo de 1848, en Francfort del Meno. La tarea principal de la Asamblea consistía en liquidar el fraccionamiento político de Alemania y elaborar la Constitución de toda Alemania. Sin embargo, a causa de la cobardía y las vacilaciones de su mayoría liberal, la indecisión y la inconsecuencia de su ala izquierda, la Asamblea no se atrevió a tomar en sus manos el poder supremo del país y no supo adoptar una postura decidida respecto a las cuestiones fundamentales de la revolución alemana de los años 1848-1849. El 30 de mayo de 1849, la Asamblea se vio obligada a trasladar su sede a Stuttgart. El 18 de junio fue dispersada por las tropas.

La Asamblea de Berlín fue convocada en Berlín en mayo de 1848 para elaborar la Constitución «de común acuerdo con la Corona». Al haber adoptado esa fórmula como base de su actividad, la Asamblea renunció con ello al principio de la soberanía del pueblo; en noviembre, a base de un decreto del rey fue trasladada a Brandeburgo; fue disuelta durante el golpe de Estado en Prusia en diciembre de 1848.

[6] El libro de A. Bougeart, Marat, l'Ami du Peuple («Marat, el amigo del pueblo»), apareció en París en 1865.

"L'Ami du Peuple" («El amigo del pueblo»): periódico publicado por J. P. Marat del 12 de septiembre de 1789 al 14 de julio de 1793; con este nombre apareció del 16 de septiembre de 1789 al 21 de septiembre de 1792; el periódico salía con la firma: Marat, l'Ami du Peuple.

[7] El 24 de febrero de 1848. Se trata del día de la caída de la monarquía de Luis Felipe en Francia. Nicolás I, al recibir la noticia del triunfo de la revolución de febrero en Francia, dio la orden a su ministro de Guerra de efectuar una movilización parcial en Rusia, a fin de prepararse para la lucha contra la revolución en Europa.

[8] 122 La serie de artículos de W. Wolff fue publicada en Neue Rheinische Zeitung del 22 de marzo al 25 de abril de 1849.

[9] Kölnische Zeitung («Periódico de Colonia»): diario alemán que se publicó con ese nombre desde 1802 en Colonia; en el período de la revolución de 1848-1849 y la reacción que le sucedió reflejaba la política de traición y cobardía de la burguesía liberal prusiana; en el último tercio del siglo XIX estuvo ligado al partido nacional-liberal.

[10] El 13 de junio de 1849, en París, el partido pequeñoburgués La Montaña organizó una manifestación pacífica de protesta contra el envío de tropas francesas para aplastar la revolución en Italia. La manifestación fue disuelta por las tropas. Muchos líderes de La Montaña fueron arrestados y deportados o tuvieron que emigrar de Francia.




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